Flor del Desierto

Hay flores que crecen en los desiertos, pero sólo lo hacen en muy raras ocasiones cuando todas las condiciones son apropiadas. Las semillas y raíces que crecen en suelos áridos son fugaces, pasan largos periodos de oscuridad e invisibilidad esperando el momento perfecto para florecer y una vez lo hacen, tienen una corta vida. Parte de su belleza es la singularidad de su resiliencia, paciencia y rareza. Y al contrario de las flores de un jardín, no viven para ser admiradas ni observadas. Lo hacen porque es su naturaleza, parte de su ciclo de supervivencia.

No creo que estas flores sufran ni se comparen con otras plantas de vida más largas con flores más grandes y brillantes en jardines mejor cuidados. Son naturaleza viva, se adaptan a sus condiciones, siguen sus ciclos y cuando sus sistemas son estimulados o estresados por las circunstancias, responden como mejor pueden. A veces el tallo será más alto, la flor más grande… y en cuanto los nutrientes, la humedad, la temperatura, o cualquier otro detalle deja de ser ideal para su existencia, pierden sus pétalos, se extingue su colorido y desaparecen, quizá para siempre, con la esperanza de que alguna de sus semillas haya volado con el viento y encuentre refugio hasta la próxima vez.

Obviamente no estoy describiendo todo esto por mi amor por la naturaleza ni la biología. Estoy pasando un ciclo de sufrimiento más largo de lo que en cada momento tuve la capacidad de comprender. Los momentos de fracaso en la vida, desilusiones, desamores, errores, pérdidas… los sentimos como derrotas en batallas que nos dejan heridos y frustrados al no cumplirse nuestras mejores expectativas ante cada situación. Pero como todo es caerse y volverse a levantar, y con la energía de la juventud las heridas cicatrizan rápido, no dudamos en volvernos a subir en el patín y volverlo a intentar… hasta que he llegado al punto de frustración en el que estoy ahora en el que me veo obligado a parar porque mi confianza cada vez más va en declive absoluto.

Cada uno de nosotros somos a la vez nuestra alma – la semilla, el terreno de cultivo – nuestro cuerpo, y el jardinero que cuida el cultivo – nuestra mente.

En las primeras etapas de la vida, muchas veces salen flores cuando las condiciones son adecuadas, o mientras otros jardineros con más experiencia se responsabilizan de nuestro pequeño terreno. Con suerte al pasar el tiempo desarrollaremos nuestra propia capacidad para conectar con nuestra semilla a través de sus señales – un pequeño brote, un tallo, la salida de una flor y quizá hasta el crecimiento de un fruto, y ser capaces de darle lo que necesita para crecer cada vez más bella y fuerte.

En ocasiones perderemos una flor porque las condiciones no eran propicias, y no teníamos el conocimiento ni la previsión para protegerla adecuadamente. En esos momentos es normal sentirse triste y decepcionado, incluso avergonzado por haber fallado en el intento. Pero mientras quede un vestigio de raíz en el terreno y el jardinero lo siga cuidando, hay esperanza de que un nuevo brote vuelva a surgir, esta vez con más perspectivas de futuro.

Vivimos en un mundo y una sociedad que cada vez más contamina no sólo nuestros cuerpos, sino nuestras mentes, creando condiciones terribles para el crecimiento del jardín colectivo. Ahí viene la importancia de tomar responsabilidad de nuestra propia “parcelita” y practicar la meditación, reflexión, auto conocimiento y finalmente amor propio, para que con la conciencia de que nuestra mayor y quizá única responsabilidad es que nuestra propia flor crezca y para ello lo importante es asegurarnos de que nuestro suelo es fértil y estamos bien protegidos ante los elementos fuera de nuestra voluntad. Y quizá aún más importante, aprender cuáles sí está en nuestra mano controlar.

Hacen falta muchas decepciones y momentos descorazonadores para finalmente arrancarse la venda de los ojos y ver con claridad la realidad. Y aún cuando se pasa por un ciclo de sufrimiento y se levanta uno de una caída, hay que aceptar que mientras estemos en este plano terrenal viviendo experiencias, hay posibilidad de volver a caer y volverse a dañar. El dolor, no es solo un signo de herida, es también una señal de estar en proceso de sanación. Después de un intenso ejercicio físico, sentimos incomodidad en nuestros músculos y articulaciones mientras se están recuperando. Igualmente, vivimos momentos de sufrimiento psicológico, ansiedad y situaciones complicadas de gestionar cuando la realidad no se corresponde con nuestras expectativas, que no son más que fantasías que creamos con nuestra mejor intención, esperando principalmente el mejor desenlace para nosotros mismos, desde nuestra limitada perspectiva.

Cuando tomamos un antiinflamatorio para un dolor muscular, estamos a la vez retrasando el proceso físico natural de recuperación. Cuando no he sido lo suficientemente fuerte para gestionar el dolor y la incomodidad emocional, de la misma manera o quizá incluso peor, he evadido el trabajo necesario para quitar la espina que produce el dolor y dejar que cure la herida correctamente. A la larga, inevitablemente se ha infectado mi corazón, provocando la necesidad de parar en seco sin dejarme otra opción que morir, o prestarle la debida atención al problema y comenzar a trabajar en todo lo necesario para intentar recuperarme. Sé que no soy el único que pasa por el mismo proceso, pero siempre es más fácil ver la paja en ojo ajeno que la viga en el propio.

Desde mi retiro espiritual, trabajando en mi recuperación, un saludo a todos los que acaben leyendo hasta aquí, en especial a los que les duele el alma en este momento. Os deseo paciencia y fortaleza para salir adelante.

Continuará…

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